RESUELTO EL MISTERIO (por “el quillo”)

La primera colaboración del quillo nos da pistas sobre la procedencia de los tufillos que invaden nuestra ciudad, citados en artículos precedentes

‘Peerse’ en el autobús.

Siempre he sido débil de mente. Bueno, de mente y de vientre. Desde pequeñito lo tuve claro. Los pedos y yo estábamos hechos los unos para el otro. Y la niñez, academia de crueldades, dictó sentencia. Mofeta, alcantarilla, peorro y similares fueron los motes que fui adoptando a lo largo de los años de mi escolar marginación.
En el bachillerato, el problema se agudizó. Más de una vez nos castigaron a toda la clase hasta las seis de la tarde por mis correrías (o pederías), y era tal mi fama que, como si de hijos ilegítimos de torero se trataran, asumía la paternidad de cada una de las emulsiones que en aquel habitáculo de fábrica china se desataba.
Con el tiempo, supe vivir con el problema. Fui más cuco. Y más cabrón. Si me montaba en el autobús y estaba hechizado por el poder de las fabes, consumaba el rito:_me sentaba al lado del más gordo (que solía ir solo, cosa que no terminaba de entender) y me despachaba a gusto. El susodicho se quedaba paralizado por el terror más absoluto y no movía un solo músculo y, en cuestión de segundos, se ponía colorado de inmediato. Si ese día tenía unas especiales ganas de ser malo, procedía y, al instante hacía un estentóreo gesto de discurso y resoplaba. Y_había veces en las que de súbito me levantaba y abría la ventanilla con estruendo para escarnio del pobre obeso. Y_me hice gordo…
Pero antes de eso, recuerdo que, hace años ya, seis tal vez, fui de Pamplona a San Sebastián en uno. Solo quedaba sitio atrás, en la cola, y allí no había gordos. Solo borrokas resacosos que comenzaron a insultarme (iba yo algo pijillo la verdad, con Lacoste y tal y tal), como suelen hacer con el desgraciadillo concejal españolazo de turno. A saber, en voz alta, a coro o a cápela, con palabras castellanas euskaldunizadas (putuko semé y derivados), y mirando mientras hacia otro lado de la forma más cobarde. Eran los típicos alborotadores de baja intensidad, ésos que se dedican a hacer la vida imposible a los que no comparten sus ideas. Y entonces sucedió. Saqué fuerzas de donde no había y, literalmente, me cagué en ellos. Era mi pequeña venganza y, por una vez, por una santa vez, mi conciencia quedó tan limpia como mis intestinos. No podía hacer otra cosa. Ellos sí.

 

En la fotografía, autobus de la ruta “allende el rio – la yutera” tras el paso del quillo.

Perpetrado por
en la sección de Firma Invitada
el Lunes, 26 de abril de 2010
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